Lo bueno de los relatos sobre personajes que te gustan es que puedes perderte en ese mundo que te cautivaba mientras recorrías con ellos las calles de una ciudad polvorienta, o salvabas a la dama en apuros o viajabas a través del espacio. Por eso me propuse, modestamente, homenajear a uno de mis personajes de cómic favoritos...
JAZZ IMPROMPTU: A tribute to Jazz Maynard
Llevo muchos años, demasiados años, perdiendo sueños, cordura y esperanza en los callejones del Bronx. ¿Y todo para qué? Se preguntarán. No existe una respuesta, no una que satisfaga las aspiraciones morales de nuestra sociedad. Pueden decir que fue el alcohol, o las bellas mujeres de faldas ajustadas y medias de rejilla –ya saben lo que quiero decir- pero, en realidad... En realidad, en los pocos momentos en los que me encuentro sobrio, como ahora, yo le llamo jazz. Así que olvídense de sus prejuicios de gente adinerada con un trabajo fijo y una preciosa casa en la que educar a, al menos, dos preciosos hijos. Déjenme que les hable de la música y de los hombres que sucumbimos a su dulce veneno. Déjenme que les hable de Jazz Maynard...
SILENCIO
Hay un momento mágico, poco antes de que una actuación de jazz comience, en el que las luces del local se apagan, las parejas desatan los nudos de amor que las unen y los hombres solitarios contienen la respiración ayudándose de un trago de whiskey. Todos los ojos apuntan al escenario y un cañón de luz dispara sobre el hombre de mirada triste y aspecto cansado –humo y espejos para el mago de la música- que sonríe al público, pero no para el público, con su trompeta firmemente sujeta con la mano derecha, sobre el pecho, en una postura natural que, sin embargo, se antoja estudiada. Es en ese preciso momento cuando mi voz se alzaba desde las penumbras, rompiendo ese, casi sagrado, silencio repleto de miles de expectativas:
-Damas y caballeros, con todos ustedes: ¡Jazz Maynard´s big band extravaganzza!
Las luces del escenario cobraban vida de nuevo, perezosa y paulatinamente, como enormes luciérnagas de los pantanos de Nueva Orleáns. Jazz, el viejo jazz, pues todos los músicos de jazz nacen con el alma envejecida, se giraba hacia su grupo y humedecía los labios, como si no pudiese acariciar la boquilla de la trompeta sin haberlo hecho antes. Era entonces cuando comenzaba a tocar, siempre un solo de trompeta, siempre la misma entrada, un bebop ultrarápido que daba pie al contrabajo de Fabrizio Viparelli: Dum. Dum. Dumdadumdudadúm.
Badán. Dumba-da-da-dá-dadum.
BASS LINE
Ese era Jazz. Un trompetista que hacía que Miles Davis bailase al son de sus notas, mientras reposaba en su tumba. Un día se largó, un buen día desapareció para no volver más, pero esa no es la historia que me gustaría contarles hoy, no. Mi historia, por supuesto, habla de una mujer. Una mujer que sabía cómo hacer que el mundo girase a su alrededor y cómo ponerlo a sus pies: Jewel Fulsini.
Jewel no era un ángel. Hacía años que no vestía de blanco –ya saben lo que quiero decir-, ni sabía decir que no –ya saben lo que quiero decir- . Jewel tenía un cuerpo perfecto, curvas de impresión y una larguísima melena pelirroja a juego con esos labios tan rojos como el pecado.
Hay una razón por la que, generalmente, las mujeres no forman parte de un grupo de jazz. En realidad hay dos. Una relacionada con el origen de la palabra jazz y la otra, mucho más simple y fácil de comprobar, es que traen problemas. Sobre todo aquellas mujeres con joyería de latón y un número precedido de cuatro letras –ya saben lo que quiero decir-.
INTRO PIANO
Jewel se encontró a los chicos una fría noche de Enero. Sus tacones de aguja precedían su entrada en el bar de O´Donell, donde los muchachos calentaban el gaznate al compás de Johnny Walker.
-Buenas tardes, caballeros –les dijo su voz suave y aterciopelada- He oído que están buscando a un nuevo socio para la banda.
-Y ha oído bien, muñeca. ¿Conoce a alguien lo suficientemente bueno para el puesto? –preguntaba entonces Fabrizio.
Claro que conocía a alguien, pero no a alguien a quien los muchachos quisieran aceptar.
-Lo tiene frente a usted.
Lo tiene frente a usted. Eso fue lo que le contestó. Fue entonces cuando se despojó de su pesado abrigo de paño revelando un traje que no resultaba nada masculino sobre su figura.
-¡Adelante! –increpó a Fabrizio mientras él se encendía un rubio de los caros- dame un ritmo.
¡Snap!
Era Jazz el que chasqueaba los dedos. Casi al momento Fabrizio y Peter –el saxo solista- se unían al trompetista, uno golpeando la mesa con sus nudillos, el otro haciéndolo con la estilográfica sobre el vaso.
Snapdungdumpada-dumpa-snap-dumbada-badadú-Snap.
Y Jewel tocó, aunque Jazz no consiguió prestar atención a más que los primeros compases. Era buena, aunque los había visto mejores. Sin embargo su juicio se alejaba de él en el último tren de la tarde con destino a Louisiana, mientras sus sueños le agasajaban con la prometedora imagen de Jewel entre sus brazos.
Al acabar su pequeña sesión, apartó los labios del saxo, limpiando el carmín del instrumento con un gesto delicado de sus largas manos de pianista y, sin mirarlos, esbozó una sonrisa, tan dulce como perversa, antes de preguntar:
-¿Cuando empiezo?
Fabrizio sonreía de medio lado, Jazz jamás contrataría a una mujer. Ni siquiera a una a la que pareciera no molestarle el silencio que la rodeaba mientras recogía su instrumento.
-Tendré que pensarlo- respondió Jazz.
Jewel, aquel día y sólo para él, se permitió olvidar el alma de policía y dar un paso en falso. Algo que ambos pudiesen comprender.
-No se lo piense, señor Maynard. Joe Bent no va a volver y, en el fondo de su corazón, pese a sus supersticiones, me quiere en esta banda tanto como me necesita para ella.
INTRO PARED DE VIENTO